Por: Asiaraf Serulle
#PolíticaconPropósito
Las lluvias que han afectado a nuestro país en los últimos días no son un hecho aislado. Son una señal clara de una realidad que por años hemos postergado: la falta de planificación, de prevención y de una visión seria sobre cómo queremos vivir como sociedad.Cada vez que una calle se inunda, que una familia pierde lo poco que tiene o que una comunidad queda incomunicada, no estamos solo frente a la naturaleza. Estamos frente a las consecuencias de lo que no se hizo a tiempo.
Y esa es una conversación que el país necesita asumir con responsabilidad.
Hoy el llamado es claro: cuidar la vida. Actuar con prudencia, proteger a nuestros niños y adultos mayores, y evitar riesgos innecesarios. Pero también debemos entender que no podemos seguir viviendo en modo reacción.
Un país no se construye respondiendo a emergencias. Se construye evitándolas.
Eso implica invertir en infraestructura, mejorar los sistemas de drenaje, ordenar el crecimiento de nuestras ciudades y fortalecer la educación ciudadana. Porque ningún sistema funciona si seguimos arrastrando los mismos hábitos que agravan cada situación.
Aquí es donde el liderazgo público debe marcar la diferencia.
No basta con aparecer cuando ocurre la crisis. Se necesita compromiso antes, durante y después. Se necesita planificación, seguimiento y cercanía con la gente para entender los problemas reales y resolverlos de forma efectiva.
Porque cuando un problema se repite, deja de ser una emergencia y pasa a ser una responsabilidad pendiente.
Después de la tormenta, comienza otra crisis que muchas veces no recibe la misma atención: la salud.
Cuando la lluvia termina, empieza la presión sobre nuestro sistema de salud.
El agua estancada, mezclada con desechos, se convierte en un foco de contaminación. Aumentan las enfermedades respiratorias, infecciones gastrointestinales y la proliferación de mosquitos. Esto no solo afecta a las familias, también genera una presión directa sobre hospitales y clínicas.
Y aquí surge una pregunta clave: ¿estamos preparados para responder a esa demanda?
Porque no se trata solo de atender a los pacientes, sino de prevenir que lleguen. De tener sistemas de limpieza eficientes, campañas de orientación claras y coordinación real entre autoridades, salud pública y comunidades.
Cuando esto no ocurre, lo que tenemos no es solo una consecuencia de la lluvia, sino una falla en la forma en que gestionamos el bienestar colectivo.
No podemos seguir viendo esto como algo normal.
Este es el momento de asumir una visión distinta. De entender que prevenir también es gobernar, que organizar también es servir y que construir soluciones reales requiere decisión y compromiso.
La tormenta pasa. Pero los problemas que deja solo cambian si decidimos enfrentarlos.
